Aline Bravo estudió antropología en la Universidad de Chile y cuando estaba terminando sus estudios de pregrado, decidió ingresar al Magíster en Estudios Internacionales en la misma casa de estudios. La universidad entregaba sólo dos becas para estudiantes de postgrado que quisieran realizar un intercambio en el extranjero y Aline fue una de las dos ganadoras… Cursó un semestre completo en Madrid y recorrió siete países de Europa, donde aprendió de distintas culturas que enriquecieron su forma de pensar y reflexionar sobre el mundo. Conversamos con ella para conocer su experiencia en el viejo continente.

¿Cuál fue el primer desafío o miedo que enfrentaste cuando ganaste la beca?

Cuando me avisaron que había sido seleccionada, sentí algunas dudas por la cercanía con mis papás. No quería dejarlos e irme al otro lado del mundo… Sin embargo, en un acompañamiento con Lisbeth, conversamos sobre la tremenda oportunidad que era para mí y, al mismo tiempo, que mis papás estarían bien acá en Chile. Y cuando llegué a Madrid comencé a vivir, por primera vez, de manera independiente y en una sociedad distinta, que no sabía cómo me iba a recibir. Tuve frustraciones por no estar enganchada al sistema educativo de ellos. La educación allá es mucho más participativa, con más debate, más argumentación y con los estudiantes protagonistas en las clases. El profesor era más bien un moderador.

¿Pusiste en práctica algo de lo aprendido en Portas?

Sin duda que sí… Yo siento que mis capacidades de exponer en público fueron desarrolladas en Portas. En los encuentros, en las jornadas y también en la titulación. También valoré mucho saber utilizar las redes de contacto. Tuve que recurrir a mis compañeros, pedir ayuda y también brindarla. Y me demoré un mes en lograr esa cercanía, porque en Chile somos un poco más acogedores. Allá estaba sola con mi pololo y al principio nadie me preguntó de dónde venía o si estaba bien. No estaba acostumbrada a esa realidad.

¿Qué experiencia marcó tu estadía en el intercambio?

La diversidad de las personas. Europa es un continente muy diverso. Mis mejores amigas de la universidad eran tres musulmanas y una venezolana. Nuestra relación se dio con mucha naturalidad, mucho respeto y aprendimos mucho mutuamente. Eran muy diferentes a mí, pero yo también era muy diferente para ellas. Se asombraban de muchas cosas de las que yo les contaba sobre nuestra cultura, sobre todo del dinero que tenemos que pagar para poder estudiar. No lo entendían.

¿Cómo crees tú que esta experiencia marca en tu desarrollo social?

Desde mi profesión como antropóloga, viajé y conocí otras culturas que tenía imaginadas, pero que no conocía y abrieron mi mirada. Y sobre los estudios internacionales, fui testigo de la diversidad de las condiciones de vida de las personas de todo el mundo que, a mi juicio, se deben nivelar. Me quedé con la sensación de que unos tienen que subir y otros tienen que bajar. Fui testigo de que la eficacia de los modelos de salud pública, educación, transporte, seguros de trabajo y pensiones responden a una buena administración y que las cosas se pueden hacer bien.

¿Por qué recomendarías vivir una experiencia como un intercambio?

Por el crecimiento personal y la confianza que adquieres en ti. Saber que tienes la autonomía para estudiar en otro país, en una universidad distinta e incluso trabajar en un lugar donde no naciste, te enriquece y abre las barreras mentales para tener conciencia de que todas las buenas experiencias de otros países las puedes poner en práctica en pos de mejorar la realidad local del país.

¿Que se viene ahora en tu carrera?

Tengo que terminar mi tesis del magíster que será sobre los trabajadores migrantes. Afortunadamente, mi semestre afuera me permitió tener mayor acceso a información que no conocía sobre este tema y que facilitará tener un enfoque más internacional. Y, al mismo tiempo, quiero encontrar trabajo en alguna organización internacional para crear conocimiento, investigar y elaborar políticas públicas para la igualdad.